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Preparando la transición: Que hacemos con los coches

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Antonio M.Turiol.Hay en el mundo aproximadamente unos mil millones de vehículos privados para transporte personal, que de manera genérica denominaremos “coches”, lo cual incluye desde los utilitarios más sencillos hasta los grandiosos SUV y las típicas camionetas con trasera descubierta que se usan en buena parte de los EE.UU. y en otros países para el transporte personal. Esta definición excluye sin embargo todas las furgonetas, triciclos, camiones y camionetas para uso comercial (transporte de mercancías o de herramientas para hacer un trabajo y demás). Mil millones de vehículos para la movilidad personal es una cantidad impresionante, es en media un vehículo por cada 7 habitantes del planeta, pero es que además están distribuidos de una manera bastante poco homogénea (en España, por ejemplo, hay aproximadamente un vehículo por cada dos habitantes). A pesar de que la sociedad de consumo en la que vivimos nos hace ciegos a verdades evidentes, está claro que tal distribución de recursos es completamente disparatada: con el coche, cada familia dispone de una tonelada de hierros y tecnología capaz de transportarlos grandes distancias con el mayor confort (los niños, que aún conservan la capacidad de asombro, sí que se dan cuenta del prodigio que representa el coche y así empiezan pronto a mamar lo que significa como símbolo de status). El problema viene cuando, en una situación de recursos decrecientes, la gente no se puede permitir el lujo de seguir pagando seguros, impuestos, garajes -los que los tengan-, revisiones periódicas, reparaciones y, por supuesto, gasolina. Lo cierto es que tener un coche resulta bastante caro como medio de transporte personal: un familiar cercano siempre me dice que teniendo en cuenta todos los gastos, la amortización del vehículo y el combustible el precio por kilómetro del coche típico no baja de los 30 céntimos de euro (seguro que alguno de los inteligentes comentaristas que se dejan caer por aquí podrá encontrar una estadística apropiada; aquí les dejo una estadounidense, según la cual el coche típico americano cuesta 52 centavos de dólar por cada milla recorrida). El caso es que se está observando una tendencia a arrinconar los coches, cuando no abiertamente abandonarlos (como los dos que salen en la fotografía que encabeza el post), tendencia que sólo puede agravarse con el tiempo. Como con el resto de los asuntos que requieren anticipación y preparación comunitaria, nuestra egocéntrica y ensimismada sociedad no tiene previsto qué hacer con esos mil millones de toneladas de coches (unos 20 millones en España) que pronto inundarán y bloquearán nuestras calles, causando problemas de movilidad, de seguridad y de salubridad. Nuestros políticos sólo son capaces de mirar horrorizados como caen en picado las cifras de ventas de coches, temiendo por el próximo cierre de las factorías y consecuente repunte abrupto del paro, porque en realidad no entienden qué es el Oil Crash y que el proceso no se puede detener; el terror les paraliza y no toman las necesarias medidas de adaptación. Los fabricantes, por su parte, huyen esquizofrénicamente adelante y se consuelan viendo que a pesar de que se les hunda la parte principal del negocio repunta la venta de coches de lujo y se ensueñan pensando en no depender de un segmento tan volátil como el del vehículo generalista, sin darse cuenta de que no habrá suficiente mercado para todos los fabricantes y que, en todo caso, los ricos también tendrán que reducir su nivel de gastos en algún momento. Y es que los economistas tampoco entienden el Oil Crash. Pero, en fin, dejemos a estos colectivos con su miopía y con sus problemas, y centrémonos en lo que es importante para el ciudadano de a pie. He aquí una serie de consideraciones relevantes, lista no exhaustiva y algo arbitraria, sobre qué hacer con los coches.

  • Tenemos que despejar las calles: En épocas antiguas muchas grandes ciudades enfermaban por culpa del mal saneamiento; las miasmas atosigaban a los ciudadanos que enfermaban típicamente por vía respiratoria de mil dolencias diferentes. Estos nos parece ahora mentira, pero la pestilencia ha sido un problema de salud pública en las grandes aglomeraciones urbanas durante toda la Historia. Durante la era moderna se tomaron medidas radicales para sanear grandes ciudades; así, en París el barón Haussmann destruyó barrios enteros para abrir los grandes bulevares, en tanto que en Barcelona derribaron las murallas que encorsetaban la ciudad y así disiparon la niebla de los tintes de los comerciantes de paños catalanes. Así pues, en muchas ciudades disponemos de calles abiertas, bien ventiladas, saneadas, lo que es un buen fruto de la energía barata que hemos tenido, aunque eso trae el inconveniente de aumentar las distancias a recorrer en la ciudad. Tendremos que organizar medios de transporte públicos eficaces para vertebrar las partes de la ciudad que se mantengan vivas (algunas partes, lo tenemos que aceptar, se gangrenarán y morirán), y para ello es clave que las vías se mantengan expeditas. Por eso, no podemos consentir que millones de coches vayan cogiendo herrumbre en las calles, abandonados por sus dueños y sirviendo de nido para ratas. Lo cual nos lleva al siguiente punto.
  • Necesitamos un plan integral de aprovechamiento y reciclaje de vehículos: Lo ideal sería que el Ayuntamiento organice (y punto, porque seguro que no podrá financiar) un sistema para la recogida y desmantelamiento ordenado de los vehículos; lo ideal sería ponerlo en marcha ahora, mientras las cosas son funcionales, previendo que aunque ahora será a pequeña escala en un futuro no muy lejano se tendrán que retirar muchos vehículos. Sería conveniente dar algún tipo de incentivo económico para que la gente se deshaga controladamente de su vehículo; en condiciones normales las personas tenderán a mantener el coche “por si acaso”, y por no pasar el trago social de renunciar a este símbolo de status. Dado que las Administraciones están arruinadas el incentivo podría ser antes que un pago una exención del pago de ciertos impuestos o parte de ellos, o bien dando descuentos para abonos de transporte o la adquisición de bicicletas (lo cual favorecería esta industria de reemplazamiento aunque, como explicaré algún día, el futuro no es de las bicicletas). Sin embargo, no basta con recoger los vehículos y posteriormente achatarrarlos: aquí no estamos hablando de los miles de vehículos que se recogen anualmente en el caso de España, sino de millones de vehículos. Las chatarrerías no tienen suficiente capacidad, y además sería estúpido dejar que todo el material de alta calidad que hay en un vehículo se oxide y arruine. Lo suyo es plantear un plan para aprovechar la chapa de los coches para hacer tejadillos y latas, el acero del chasis para estructuras de hormigón, la electrónica para mil usos y las piezas del motor como recambios de los vehículos comunitarios y de transporte que habrá que mantener. Eso no se improvisa, teniendo en cuenta además la escala que tendrá, y por ese motivo se requiere un buen plan, con un arranque, clímax y después finalización, cuando se acaben los vehículos a procesar. Es una tarea bastante complicada y que requiere tal previsión a largo plazo que sólo es creíble que pueda pasar en municipios de medio y pequeño tamaño. ¿Y qué pasa si Vd. vive en un municipio donde no se ha previsto hacer nada de eso?
  • Si nadie recoge su vehículo, póngalo a disposición de la comunidad: El concepto clave es car sharing, coches compartidos. ¿Qué sentido tiene que use su vehículo para ir Vd. solo si su vecino va en la misma dirección? Esta opción, a la que cada vez se acoge más gente a medida que la crisis se recrudece, permite reducir los costes de desplazamiento y mantenimiento; algunas personas, incluso, encontrarán trabajo haciendo de taxista de sus conocidos o llevando pequeñas mercancías. Si son varios con varios coches, lo mejor es formar una suerte de cooperativa, de modo que todos los coches estén a disposición de todos con unas reglas claras de uso. Al principio, con la educación individualista que hemos recibido, esta posibilidad suena a absurda, pero a la larga será la más productiva; piense qué hará Vd. si su coche se avería de manera grave. En condiciones normales es el fin de su automoción, pero con un sistema comunitario su coche puede tener una segunda vida después de muerto. Y es que…
  • Un coche es una buena fuente de recambios: Los coches fatalmente averiados serán los recambios de los que aún funcionen, y más en una época disfuncional donde ya no se fabricarán nuevas piezas. Por supuesto que los coches abandonados en la calle también serán útiles. Con el tiempo, los más manitas usarán las piezas descartadas y montarán motores burdos de mecánicas más sencillas que permitirán hacer nuevos coches, más ligeros, sencillos y lentos pero funcionales y fáciles de reparar. Tal tipo de comportamiento se ha observado en países con graves dificultades de suministro (el ejemplo de Cuba le vendrá a muchos a la mente) y es seguro que acabará pasando. No improvisen, anticipen.

Como verán, una parte importante de la movilidad futura e incluso del mantenimiento futuro se basará en apoyarse en la comunidad. Y es que éste es un aspecto clave de la transición, como ya discutimos: la comunidad.

Por cierto que la fotografía que abre el post no esta sacada de internet sino de mi móvil. Esos dos coches tan perfectamente aparcados como arruinados se encontraban el pasado mes de Mayo en una bocacalle de la madrileña Calle de Alcalá. Ya los había visto allí en una ocasión anterior, y me temo que los volveré a ver la próxima vez que vaya.

 

 

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