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Un horizonte de expectativa en la era del Antropoceno (Primera parte)

Rafa Rodríguez

“Antes de que el tiempo muera en nuestros brazos” (Epístola moral a Fabio)

1.    En la era del Antropoceno

Paul J. Crutzen acuñó el concepto “era del Antropoceno” para calificar la etapa geológica iniciada con la revolución agrícola e industrial en la Inglaterra del siglo XVIII, el comienzo del capitalismo, que supuso un cambio fundamental en las relaciones sociales de producción, en el concepto de propiedad y en la forma de explotación, incrementando la productividad del trabajo y transformando la riqueza acumulada en capital. Un cambio que provocó que los productores y los propietarios, y las relaciones entre ellos, pasaran a depender del mercado.

La sociedad capitalista, desde entonces, se ha caracterizado por su desigualdad estructural (que tiene su causa última porque la economía privada se sustenta en la asimetría de la propiedad de los medios de producción, tal como describió Marx hace ya más de 150 años) y, al mismo tiempo, por el gran impacto sobre los procesos metabólicos globales del planeta, al extraer recursos y expulsar residuos muy por encima de su capacidad regenerativa.

Hoy, la crisis ecológica y el agravamiento de la desigualdad conforman un círculo vicioso que se retroalimenta, desde una situación de injusticia. La crisis climática genera pobreza y la están sufriendo, en primer lugar, quienes menos recursos y poder tienen, los más pobres, y los que viven en Estados más débiles aunque, como ha constatado el World Inequality Lab, Norteamérica y Europa son responsables de cerca de la mitad de todas las emisiones de gases de efecto invernadero que se han registrado desde la Revolución Industrial, mientras que África subsahariana apenas llega al 4%. Además, son los que tienen más necesidades básicas de todo tipo quienes disponen de menos recursos materiales y políticos para hacer frente a las consecuencias de la crisis ecológica.

Esta dinámica, la retroalimentación de la crisis ecológica y el agravamiento de la desigualdad, se ha intensificado de forma exponencial durante la globalización y sus crisis, la de 2008 y la pandemia.

2.    La globalización y sus crisis

La globalización es una nueva fase en el desarrollo del capitalismo, iniciada a principios de los años setenta del pasado siglo, que articula nuevas estrategias de acumulación de riqueza de forma centralizada a nivel mundial, lo que les permite a las élites globales acceder a fuentes de ganancias extraordinarias mediante, entre otros factores:

  • Monopolios y oligopolios transnacionales,
  • una nueva división internacional del trabajo sustentada por la innovación tecnológica,
  • la articulación de las cadenas globales de producción con el uso masivo de fuerza de trabajo barata,
  • la privatización de los recursos naturales de la litosfera,
  • el endeudamiento masivo de familias, empresas no financieras y Estados,
  • y todo ello bajo el paraguas ideológico del neoliberalismo que, a pesar de lo que predica, en la práctica no ha hecho menos Estado, sino que ha intentado reconfigurarlos.

La globalización entró en crisis en 2008 y, desde entonces, vivimos una época en la que se ha agravado la inestabilidad e incertidumbre, aún más por la crisis de la pandemia, una segunda crisis de la globalización, en el breve lapsus de una docena escasa de años.

3.    Consecuencias y situaciones en las crisis de la globalización

Entre las consecuencias y situaciones provocadas tras la globalización y sus crisis destacamos:

  1. La actual situación de pandemia. La lucha contra el coronavirus no es un asunto de meses, ni siquiera de un par de años. Ni hemos vencido al virus, ni hay perspectiva inmediata de vencerlo. Además de haber causado más de cinco millones de fallecidos y cerca de 265 millones de personas contagiadas, ha destruido en torno a 115 millones de puestos de trabajo y más de 120 millones de personas han caído en situación de pobreza. La pandemia ha supuesto un cambio antropológico que está modificando la percepción y las posiciones de los principales agentes económicos y políticos.
  2. La riqueza se ha concentrado en el 5% de la población porque ha habido un incremento de la desigualdad tanto entre los Estados, a pesar del crecimiento económico de China, como en el interior de los mismos, debido a la combinación de privatizaciones a gran escala con el incremento de la desigualdad de ingresos. La desigualdad se ha incrementado en todos los países, pero con distintos grados porque las instituciones y las políticas son relevantes para paliar la desigualdad. En Europa la desigualdad es más moderada, mientras que se ha incrementado rápidamente en Norteamérica, China, India y Rusia y ha alcanzado su máximo en gran parte del continente americano, África, Oriente Próximo y el sudeste asiático.
  3. La expansión de la deuda pública y privada ha llegado mucho más allá de lo que se puede reembolsar. El crecimiento de la deuda se disparó a partir de la primera crisis de la globalización en 2008 y se ha acelerado con la pandemia. Medida en términos de PIB el endeudamiento global se acerca al 400% y en los países ricos al 450%. Estados Unidos, Japón, Reino Unido y España son los Estados donde más ha crecido la deuda. China también ha incrementado significativamente su deuda en dólares. En los Estados más pobres, el nivel de endeudamiento está en torno al 250%, pero el peso del servicio de la deuda (los intereses) es mucho más costoso. Por ahora, el que los tipos de interés estén muy bajos mantiene latente las posibles graves consecuencias del altísimo endeudamiento, aunque el incremento de la inflación en el segundo semestre de 2021 supone una grave amenaza.
  4. Una reconfiguración del poder global por la hegemonía de las nuevas transnacionales de información, lideradas por las cinco grandes tecnológicas de EE.UU. conocidas con el acrónimo GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), que han conformado, en la práctica, un monopolio en red, con un poder que va mucho más allá del económico, base del capitalismo cognitivo. Su tecnología les da servicio a miles de millones de personas, empresas y organismos en el mundo, con un coste marginal mínimo. Dominan sectores que van desde las búsquedas online, las redes sociales, el comercio electrónico hasta los sistemas operativos móviles. Controlan la información e influyen en las relaciones sociales, por lo que se han convertido en instituciones de socialización digital y en un factor clave, incluso, para la conformación de las mayorías electorales. A diferencia de otros grandes poderes económicos, como el poder financiero que necesita la cobertura del Estado por lo que este sigue mantenido cierto control, estas compañías tecnológicas tienen una mayor posición de poder sobre los poderes públicos, salvo EE. UU. donde radica Silicon Valley. Los demás Estados ni siquiera tienen poder para hacerles pagar impuestos como al resto de las empresas.

4.    Especial referencia a la emergencia climática

A estas cuatro situaciones, hay que sumar la que posiblemente sea la más determinantes de todas: la emergencia climática. Estamos en emergencia climática porque existe la amenaza de alcanzar pronto, si no lo impedimos, un aumento por encima de 1,5 grados sobre la temperatura del comienzo de la primera revolución industrial, el máximo definido por los científicos como el escenario a partir del cual la humanidad entra en riesgo extremo. En un informe emitido recientemente por el organismo de Medio Ambiente de las NNUU se constata que el planeta se encamina a un catastrófico aumento de 2,7 porque, con los esfuerzos actuales de cada país para reducir las emisiones, sólo conseguiría una reducción del 7,5% en 2030.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha cuantificado el crecimiento de los tres principales gases, el CO₂, el metano (CH₄) y el óxido nitroso (N₂O), que contribuyen a incrementar el efecto invernadero en la tierra (GEI), cuya concentración en la atmósfera sigue aumentando, con un fuerte repunte en el segundo semestre de 2021.

El dióxido de carbono (CO₂) es el principal responsable del cambio climático y contribuye en aproximadamente un 66% al calentamiento. La concentración de CO₂ en la atmósfera alcanzó en 2020 las 413,2 partes por millón (ppm), lo que supone un 48,6% más que en los niveles preindustriales (en 1750 la concentración era de 278 ppm). Las emisiones están volviendo a los niveles anteriores al comienzo de la COVID: después de un descenso en 2020, el pasado julio se registró en el observatorio de Hawái, 416,96 ppm, frente a las 414,62 ppm de julio de 2020.

El metano, cuya presencia en la atmósfera alcanzó en 2020 las 1.889 partes por mil millones, ha crecido un 162% desde la Revolución Industrial.

Las concentraciones en la atmósfera del óxido nitroso, que además de efecto invernadero daña la capa de ozono, llegaron el pasado año a las 333,2 ppm, un 23% más que en los niveles preindustriales.

El mundo necesita una reducción del 55% de estas emisiones para limitar el aumento de la temperatura global por debajo de 1,5°C, de lo contrario se puede desencadenar una secuencia de graves episodios de alteración en los ecosistemas del planeta con efectos de retroalimentación económicos, sociales y políticos desbocados. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que sería necesario invertir el 2% del PIB mundial de aquí a 2030 (en España equivaldría a 24.000 millones anuales).

Por desgracia, la situación es aún más complicada que la ya de por sí complicada y necesaria transición energética. El concepto de cenit del petróleo es posible extenderlo al conjunto del sistema, que puede estar cerca de alcanzar otros límites de crecimiento como en el gas, el agua dulce y en minerales como el cobre, níquel, helio, cobalto, litio, platino, rodio, indio y galio, por lo que vamos camino del agotamiento de los minerales no renovables

La misma AIE advierte que las infraestructuras de renovables consumirían en 2040 el 69% del cobalto, el 61% del níquel, el 45% del cobre y el 41% de las ‘tierras raras’ o el 92% de las reservas actuales de litio, provocando un aumento del 4.000% en su extracción, básico para fabricar las baterías de los coches eléctricos, además de otras demandas.

5.    La conexión entre desigualdad, crisis ecológica y pandemia, nos sitúa en un nuevo contexto económico, social y político

La salida de la pandemia no va a ser un camino fácil. El virus es persistente y la crisis ecológica se manifiesta ya no solamente como fenómenos biofísicos, sino que está siendo interiorizada por cada una de las dimensiones económica, social y política, provocando respuestas específicas en función de la propia naturaleza de cada uno de ellas, agudizadas a medida que las pautas de consumo del primer mundo se universalizan:

  1. En la dimensión económica, la crisis ecológica se manifiesta ya en forma de inflación por los desajustes entre oferta y demanda y, como consecuencia de ello, puede provocar subidas en los tipos de interés, retirada de estímulos fiscales y recesión, así como erosión en los ingresos fiscales y deterioro de los servicios públicos.
  2. En la dimensión social, son los más vulnerables, sobre todo los que viven en Estados más débiles, quienes sufren con mayor intensidad las consecuencias físicas y económicas de la crisis ecológica, con eventos catastróficos, deterioro de los entornos, impacto sobre la salud, destrucción de empleos y precariedad laboral, subida del precio de los alimentos, de la electricidad, de los transportes y de los productos básicos en general, aumentando las migraciones masivas, tanto en el interior de los Estados como a nivel internacional, intensificando la conflictividad social, en múltiples direcciones.
  3. En la dimensión política, se agudizan los conflictos geoestratégicos por la alteración de la geopolítica y la geoeconomía actual y, en este mundo tan interconectado, no hay zona que no se vea afectada. China por ejemplo está desplegando una estrategia para acaparar el control de los minerales, Rusia utiliza su posición de fuerza como suministrador de gas para ampliar su influencia en la región, etc.

Igualmente aumenta la polarización política y la amenaza de la extrema derecha con falsas soluciones como el soberanismo nacionalista, mientras construye como enemigo central a los emigrantes, utilizando los impactos de la barbarie del terrorismo salafista, para crear un campo propicio a quienes ya han optado por una salida solo para una parte, la de los privilegiados, ante la crisis e impulsan dinámicas autoritarias y postfascistas, en un proceso de transformación del neoliberalismo en iliberalismo.

La democracia corre riesgo en este escenario, con el aumento de las corrientes autoritarias políticas y religiosas en un ciclo de bajo crecimiento, con violentas tensiones económicas por las consecuencias de la crisis ecológica.

6.    Disponer de un “horizonte de expectativa”

Necesitamos un horizonte de esperanza, un “horizonte de expectativa”, tal como escribía Koselleck, frente a la “caja negra de expectativas” (Pierre Rosanvallon) para trazar un camino viable hacia una sociedad globalmente democrática, socialmente justa y ecológicamente viable, hacia una sociedad socialista, entendida de la forma en la que la definía Antoni Domènech: “socialismo quiere decir una sociedad donde se garantiza la autonomía personal a cada individuo”, que logre cuotas razonables de igualdad para el conjunto de la humanidad y haga compatible la abundancia de bienes y servicios con el respeto a los límites materiales del planeta, en un entorno de libertad. Necesitamos una perspectiva para imaginar un futuro mejor, más humano, más sostenible.

Somos conscientes de las enormes dificultades a las que nos enfrentamos, pero nada es más tóxico que el pesimismo para hacer frente a esta situación. El catastrofismo goza de buena salud en el imaginario colectivo, reforzado por la identificación entre negatividad, radicalismo y pureza “moral” y, sobre todo, por el déficit de política, en el sentido de medios viables para lograr un fin colectivo.

El principal objetivo en la lucha cultural llevada a cabo por el neoliberalismo ha sido el descrédito de la política, lo que implícitamente significa el descrédito de la democracia. La pérdida de cultura política democrática ha hecho que el pesimismo, paradójicamente, se convierta en un marco dominante incluso para muchas de las personas comprometidas con el cambio.

También ha contribuido la simplificación del análisis de la realidad social, desde actitudes que se entienden como radicales, que conduce a no ver los medios posibles para lograr una dinámica de cambio y llevan a vías sin salidas, sustituyendo la política por el mundo de la moral, porque el catastrofismo por sí solo no va a provocar cambios, por el contrario, desencadena efectos desmoralizadores y paralizantes.

Transformar el pesimismo en optimismo es tal vez la tarea más importante para impulsar el cambio, sustituir a las distopias, que hoy se ven como la consecuencia inevitable de la actual dinámica social, por una utopía “realista”, tal como proponía Erik Olin Wright, para que se reinstaure la esperanza en las mayorías sociales.

7.    Comprender y proponer

Para avanzar en esa dirección necesitamos, en primer lugar, un análisis realista de la sociedad capitalista y de sus estructuras de poder. Necesitamos disponer de una idea sistémica de nuestra sociedad, conocer en qué consisten sus principales dinámicas y cómo es posible una propuesta de expectativas viables de transformación para hacer frente a los graves problemas a los que nos enfrentamos en este siglo XXI.

En segundo lugar, es necesario una perspectiva política que dé repuesta a los grandes desafíos, a la pandemia, al cambio climático, a la creciente desigualdad y a la fragilidad económica, compartiendo un horizonte de esperanza en cada uno de los Estados y para la humanidad en su conjunto.

En la comunidad científica hay un amplio consenso en la necesidad urgente de una transición ecológica unida a más justicia social, que haga posible la supervivencia de la humanidad.

Sin embargo, estamos viendo cómo la evidencia científica no se transforma automáticamente en consenso político a causa de las dificultades que implican nuestras estructuras económicas (capitalismo globalizado) y políticas (fragmentación del sistema de Estados y debilidad o ausencia de democracia en muchos de ellos), aunque una parte de la ciudadanía sea cada vez más consciente de que es imprescindible este cambio y esté adoptando comportamientos responsables y dando su apoyo a políticas verdes.

Los factores, intereses y posiciones de poder que obstaculizan que las certezas científicas se conviertan en reformas son muy fuertes, pero nada nos puede impedir impulsar los procesos políticos necesarios para lograr los cambios estructurales que hagan sostenible y justa la vida humana en el planeta. El futuro no está escrito, solo depende de lo que seamos capaces de hacer.

(*) La imagen reproduce la obra de René Magritt, » le Baiser», 1957

 

 

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