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Dinastías cotidianas

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La película es de Walt Disney y comienza así: sobre una roca que domina una gran planicie, un mono-sacerdote eleva al aire a un cachorro de león. Bajo la mirada satisfecha de su padre y de su madre la reina, las manadas de animales clavan la rodilla en el suelo en señal de vasallaje. Ha nacido el rey león. El mensaje es claro: en el orden natural de las cosas o eres león, o eres mono o clavas la rodilla. Señor, clero o vasallo, per natura, por la fuerza de la sangre. La rebelión contra el rey no sólo es delito contra la sociedad, sino también pecado contra la naturaleza.
Curioso que tengamos que ir a Hollywood en busca de ejemplos culturales monárquicos. Y curioso también que habiendo cada vez menos reyes de sangre en el planeta, la sociedad civil se nos esté llenando de nuevos dioses y de dinastías cotidianas. Mientras que nuestros niños ven el Rey León, las masas que iban a hacer la revolución firman contratos laborales en condiciones premarxianas y dedican las mañanas a ver por televisión los bautizos de princesas y las bodas con pretensiones y tufo del Escorial.

Y sobre las masas dirigiéndolas, los tribunos de la plebe, barones de la izquierda desde tiempo inmemorial, abdicantes de boca chica, aspirantes al trono en duelo de monarquía visigoda, con otros tribunos locales, autonómicos o estatales. Republicanos incluso, siempre que la república sea presidencialista (y si es un poco dinástica como en Estados Unidos, mejor) y siempre que la presidan ellos.
Y los señores del gobierno, de las administraciones públicas o de la banca –esos “grandes hombres” que andan con una gran mujer detrás o debajo – heredan, con naturalidad, las jefaturas de servicio, las cátedras universitarias, las embajadas, los generalatos, e incluso los ministerios. ¿Quién puede escandalizarse por estas pequeñas dinastías cotidianas, si así se accede a la mismísima jefatura del estado? ¿Quién se escandalizará de que un día nuestros hijos claven la rodilla ante el patrón, si eso es lo que hacen nuestros alcaldes ante los reyes cada vez que los dejan y porque no los dejan más?

La Segunda República no fue sólo un cambio en la forma del estado, si hubiera sido sólo esto probablemente aún perduraría. Significó sobre todo la abolición del vasallaje y el nacimiento consiguiente del estatuto de la ciudadanía. El contrato social, ese expediente imaginario que rige de forma previa a la constitución histórica cambió su enunciado. Ya no decía: “a partir de ahora te someterás a la voluntad de Dios, del Rey o de los tribunos civiles o militares de la Nación o de la plebe”, decía “sobre todo lo que afecta a mi estatuto de ciudadano, mi libertad, mi vida, mi memoria, mi nombre… no decidirás ni por la fuerza de las armas, ni por la gracia de Dios, ni siquiera por el poder de los votos”. Decía por decirlo de otra manera que sólo yo tengo derecho a equivocarme en lo que más quiero y más me concierne y que ni reyes, ni tribunos, ni Dios, decidirán sobre lo que sólo yo puedo decidir.
La Razón con mayúscula nos acompañará siempre para reivindicar el estatuto de ciudadanía, para abolir el señorío, la sucesión dinástica en el poder y el vasallaje. Y la memoria de cada uno de los muertos en las tapias por este orden laico, de la libertad, la igualdad y la ley, será una razón con minúscula para perseverar siempre por la república federal.

2 Comentarios

  1. ANDALUSÍ LIBERTARIO

    Otras sensibilidades emergen, incontenibles y revolucionarias:

    http://www.kaosenlared.net/noticia/mitologia-republicana-estatalista-como-nueva-forma-neo-espanolismo

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